Colgado de un sueño

Debo a un sueño y a una obsesión el que mi vida desembocara en lo que es ahora. La obsesión no era sino el deseo y la preocupación constante de ponerme en contacto con José, quien hasta la fecha había sido mi amigo del alma – uno de esos pocos amigos con los que compartes totalmente tu vida – y que por razones que ahora no vienen al caso se me hacía el huidizo. El sueño, que en principio no era sino la traslación de los personajes de mi preocupación hasta el plano de la inconsciencia, fue el que dio entrada a lo que en la actualidad es mi vida.
Pensado ahora al cabo del tiempo y contando con la bruma que en sí comporta racionalizar los sueños, entraña no pocas dificultades poder explicar lo vivido aquella noche. Intentaré no obstante contar lo que recuerdo para así poder hacer partícipes de mi felicidad a todos aquellos a los que el azar les lleve a leer estas sinceras líneas.
Del sueño en sí puedo recordar que me encontraba en una de esas calles que están ahora tan de moda en nuestro país con cientos de jóvenes hablando con un volumen más elevado de lo habitual y trabajándose, como si la vida les fuera en ello, el futuro de su hígado. Aparecía entonces José, el ser más diurno que conozco,  y sonriéndonos nos dábamos un abrazo y comenzábamos a charlar como si hiciera unas pocas horas que nos hubiéramos visto. Entrábamos mas tarde en un bar angosto, también lleno de gente, pero con dos asientos libres en la barra. José entraba primero y yo le seguía, dando y recibiendo empujones de todos los seres sin rostro que allí se daban cita.
Recuerdo que me sentaba en la parte mas externa de la hilera de asientos y que él se sentaba a mi derecha. A continuación seguían, como en un juego de espejos, una interminable hilera de cabezas, vasos y cigarrillos que acababan desapareciendo entre la tenue luz de la barra y humo de tabaco. Seres anodinos que se reúnen para arrebatarle a la noche alguna migaja de compañía. Inmediatamente detrás de él y espalda contra espalda se adivinaba una figura femenina que a su vez también charlaba con alguien pero a la que en aquel momento no le di mayor importancia. Ajenos a nuestro entorno nosotros charlábamos de todo y de nada, de todas esas cosas que en las noches de bares y alcohol se entremezclan con las colillas y los restos de hielo en el fondo de los vasos para tejer disertaciones caóticas y sin sentido. Y entonces sucedió. La mujer que hasta aquel momento había sido un objeto más de aquel entorno en el que nos aislábamos se dio la vuelta y con toda naturalidad pidió – ¿Tenéis fuego, por favor? -. Sonreímos, José cogió el encendedor de  la barra y dirigiéndolo a la punta del cigarrillo que había en los labios de ella lo encendió.
En ese momento fue cuando vi realmente su rostro. Cuando todos los puntos que habían sido por un momento bellos objetos aislados se unieron y formaron su rostro. Fue entonces cuando su cabello rubio, lacio, corto como el de un muchacho se unió a su frente, y ésta a unas cejas definidas bajo las que aparecieron unos bellísimos ojos verdes, vivos e invitadores, como los que no había visto jamás. Y aquellos ojos se unían a unos pómulos que se levantaban regalando una sonrisa de la cual también participaban unos labios rosados y frescos que medio ocultaban un ordenado muro blanco. Después de aquel breve instante, eterno en su intensidad, se volvió hasta su acompañante y desapareció.
Pero no es verdad, os estoy mintiendo. Quizá se volviera. Quizá ya no estuviera ahí mirándome y sonriéndome pero su imagen quedó grabada en el aire al lado de José, y es que aunque la volvía a ver de espaldas, por alguna razón seguía también allí mirándome y sonriéndome, invitándome con su sonrisa y ya todo lo demás es bruma y despertar. Estar tirado en la cama con su imagen grabada en mí como al fuego.
A partir de ese momento supe, y aun sé, que aquella era la mujer que el destino me había asignado y que debía buscarla. Pensé que si alguien te mira como ella me miró es porque ambas vidas están previstas para vivir una sola y compartida. Independientemente de que hubiera sido soñada, había una realidad que subyacía mas allá del propio sueño y por ello debía destinar mi afán y mi esfuerzo en buscarla y encontrarla, porque si de algo estaba seguro era que ella existiría para mí.
Por eso la gente que me rodea murmura cosas de mí. Ellos piensan que no lo sé pero los veo cuchichear a mi paso y me constan sus comentarios estúpidos sobre mi manera de vivir: “Y hay que ver este hombre con los años que tiene y viviendo solo. Además, vecina, esa vida que lleva, que sale todas las noches y no regresa hasta bien entrada la madrugada”. Pobrecitos ellos que morirán habiendo consumido una vida como la línea del horizonte en el mar. Que cuando les llegue la muerte apenas si podrán hacer recuento de las cuatro cosas que su vacía existencia les habrá reservado en su memoria. Que poco saben de mí y de mi vida…
Lo que sucede es que yo sigo buscando. Desde aquel lejano momento en que me desperté no hago otra cosa que buscarla, y el hecho de no encontrarla me lleva a perseguirla con más afán. Porque ella no lo sabe pero yo he inventado toda una vida para los dos. Miles de momentos preciosos y perfectos que mi imaginación ha creado y que la realidad no ha podido cambiar convirtiéndolos en cotidianos y tediosos. Y el hecho de que no la haya encontrado aún, que tan siquiera la haya vuelto a soñar, no implica que ella no esté en algún lugar viviendo conmigo en su recuerdo al igual que yo vivo con el suyo.
Todos estos pensamientos y esta manera mía de actuar, de salir noche tras noche frecuentando todos y cada uno de los bares que proliferan por mi ciudad intentando dar con ella, deseando que cada espalda que se gire me muestre su cara y su sonrisa son, hoy por hoy, mi vida, mi alegría y mi meta. Es por eso que ya no es tan importante en sí el hecho de encontrarla como el deseo y la necesidad de buscarla, y no habrá realidad alguna que me colme tanto como esa mujer imaginada a la que amé y amaré mientras viva. Y cuando llegue la hora de mi muerte estará ahí mirándome y sonriéndome con la misma juventud y frescura de antaño y en ese instante sabré con certeza que ni he vivido ni moriré solo.

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