Ir al cine

He decidido dejar de ir al cine. Es cierto que es caro, que apenas hay películas que merezcan la pena, que el famoso 3D prevalece sobre los buenos guiones… Y un sinfín de excusas que podría daros para no volver a una sala. Pero la razón real es otra. La razón que prevalece por encima de todas las demás es el hecho de que ya se ha perdido todo el respeto por ver una película.

Ahora ir al cine, que cuesta una fortuna, es como ir a aquellas salas de antaño de los cines de barrio: locales de sesión doble con reestrenos casposos, griterío de la chiquillada y viciosos en los lavabos.

Ahora resulta que te gastas una fortuna en ir toda la familia (somos cuatro) a ver una película que, a priori, no sabes ni si te va a gustar y te encuentras con que el resto de criaturas que puebla la sala están allí como si aquello fuera el salón de su casa.

Y es así que te encuentras faunas como:

– Mamás y papás perfectos, con ínfulas de grandeza, incapaces de hacer callar a sus retoños porque ellos son los primeros en decir estupideces.

– Niñatos y niñatas aferrados al móvil porque en sus pobres y vacías vidas no queda un ápice de realidad donde aferrarse. Y si encima les comentas que guarden el sustituto de cerebro aún te espetan cosas como “lo tengo en silencio”, y uno, de manera educada, se ve en la obligación de responderles con “Me es igual. Yo vine a ver la película, no el puto brillo de la pantallita de tu móvil”.

– Grupitos de machitos y jovencitas que arden en deseos de encamarse las unas con los otros pero prefieren llenar la sala de estrógenos y testosterona en forma de comentarios “graciosos”.

– La típica imbécil que se cree en el derecho de responder a una llamada de teléfono porque sí, porque su potorro está por encima del bien y del mal…

– Los omnipresentes tardones que llegan como si andaran por el pasillo de su casa, sin importarles una mierda a quienes están molestando. Porque sí, porque ellos lo valen.

Y es así que va pasando la película que no interesa apenas a nadie, y uno se ve metido allí en medio, con un gasto que ronda los 40 ó 50 €, sin posibilidad de disfrutar de lo que hace años se dio en llamar “séptimo arte” pero que ha perdido ambos sustantivos.

Es por eso que he decidido dejar de ir al cine. Me perderé la posibilidad de ver en pantalla grande las películas de Woody Allen, las de cine independiente americano y alguna que otra española con guión genial.

Esperaré mientras tanto que las salas vayan cerrando. Una tras otra. Hasta que llegue un día en el que no solo yo esté jodido por no poder ir al cine, sino que seamos todos lo que estemos jodidos.

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