La confesión

Ella salió temprano y no regresaría hasta media tarde. Él se quedó en casa. “Quiero repasar un poco unas digitaciones de Bach que no tengo claras” le había dicho a su esposa, aunque en realidad su necesidad era otra. Ahora, a solas, lo primero que hizo fue prepararse un café. Con la taza en la mano entró en el salón, puso en marcha el giradiscos, se sentó en el sillón aspirando el intenso aroma que fluía de ella y se abandonó a la décima sinfonía de Mahler que ahora empezaba.

Huyendo de sus pensamientos dejó vagar la mirada por aquel espacio que amaba, la belleza del comienzo del adagio invitaba a ello. Paredes blancas y muebles lacados en blanco con detalles en roble. En el suelo contrastaba el listonado de la misma madera que con la luz del amplio ventanal daba reflejos rojizos al entrono. El detalle de color lo ponían algunos cuadros, unas pocas plantas verdes, un inmenso sofá tapizado con tela granate y sobre él, llenando la pared, un inmenso tapiz que reproducía una obra de Miró cuyo fondo azul, al contacto con la luz, pintaba tonos celestes en el techo.

La disonancia del acorde de diez notas que en ese momento escupieron los altavoces le devolvió a la realidad y le trajo a la mente la terrible palabra que debería decirle, y aunque deseaba huir de ella sabía que hoy era necesario hablar porque todo estaba confirmado. Esa era la razón de que se hubiera quedado solo, la intención de reflexionar en cómo se lo diría aunque por vueltas que le diera siempre aparecía el rostro incrédulo de su compañera ante la terrible noticia.

A pesar de no querer pensar le resultó inevitable que aquel espacio le recordara a otra sala parecida a aquella. Otra igualmente blanca pero más fría, que contenía unos cómodos silloncitos negros en lugar de sofá y en la que el hermoso tapiz había sido sustituido por contenidos más diversos. La mujer con la que se había encontrado allí durante los últimos dos meses era otra, igualmente bella, pero conocedora del gran secreto que hoy debería confesarle a su compañera cambiando totalmente la vida de ambos.

El sol de la mañana se había ido invitando hasta alcanzar a uno de los objetos centrales de la sala. Toda la luz se reflejó sobre él enviándola hasta su cara. Lo que se había comportado como un astro era la tapa armónica de su guitarra, una Fleta de 1968, su preferida, que utilizaba en los conciertos. Se levantó a moverla un poco y unos leves golpeteos del reloj de pulsera contra ella le ensombrecieron el rostro. Intentando huir de su significado prefirió pensar que esta nada tenía que ver con aquella que tocaba cuando se conocieron en la plaza de Sant Felip Neri. Su mente marchó de nuevo al pasado.

Tímidamente escondida de la catedral de Barcelona, se accede a dicha plaza por una estrecha y sinuosa calle. Hoy ya no, todo ha cambiado, pero en otros tiempos, cuando llegaban los atardeceres de agosto y el calor intentaba huir de la ciudad era el lugar ideal del que guarecerse del mundo. Un refugio cuyo silencio solo se rompe por el sonido del agua de la fuente octogonal que ocupa su centro. Frente a esta, puede verse la fachada de la iglesia que ocupa uno de sus laterales y en la que no se ha escondido el recuerdo de la guerra, pues sus paredes mantienen las heridas de los bombardeos del 38. Ese muro, picado de metralla y de la sangre de los perdedores, era el fresco respaldo donde se apoyaba para extraer de la guitarra sus primeras interpretaciones de Sanz, Vivaldi o Sors y donde acompañados por el silencio, la soledad y la casualidad se conocieron.

Y hoy todo iba a desmoronarse. Sus vidas, que hasta ese momento habían tenido sólidos cimientos, iban a cambiar de manera irremediable. Quería huir de aquella sensación. En ese momento desearía que ninguno de sus encuentros con Judit hubieran tenido lugar. Pero la realidad siempre nos alcanza y todo lo que sucede en ella tiene sus consecuencias. Es cierto que existen acontecimientos en la vida que dependen de nosotros y podemos evitarlos o afrontarlos, en cambio otros, no; simplemente ocurren e inevitablemente nos dirigen sin que podamos hacer nada. Lo único que le quedaba por hacer era alargar al máximo ese momento entregado a los recuerdos y encontrar el mejor modo de decírselo.

Un nuevo CD se había cargado. Sonaba la pavana de Fauré en versión para guitarra interpretada por él mismo. Desde sus notas volvió mentalmente a aquel entonces dejándose llevar de nuevo por los recuerdos. Los primeros paseos por las calles del gótico en los que andaban cogidos de la mano y en silencio, a esa hora en la que las paredes regalan el sonido de los propios pasos y en ese tramo de la noche en el que a través del surco de cielo negro que se ve arriba puede adivinarse alguna estrella titilando. Ese pensamiento le trajo otro momento casi olvidado.

–Ven, échate aquí, a mi lado –Recordaba que le dijo.

–¿Cómo me voy a echar en el suelo, Félix?

–Así, tumbándote y mirando arriba –le respondió.

Los veinte años son así de absurdos y simples pues se es inmortal y se piensa que sólo está vivo quien vive, a pesar de que el corazón lata y bombee sangre.

Ella accedió. Ambos estaban acostados en medio de una estrecha calle, sobre unas piedras que habían sido pulidas por generaciones de pisadas y más de un río de sangre.

–¿Te habías enfrentado alguna vez a esta perspectiva de la ciudad? –le dijo mientras le tomaba la mano.

–Nunca había salido con nadie que estuviera tan loco como para proponerme algo así.

–Es posible, pero Séneca decía “No existe ningún gran genio sin un toque de demencia”.

–¡Oh! Salgo con un genio y yo sin saberlo.

–Evidente.

Rieron.

–¿Te imaginas este mismo lugar hace doscientos años? –Comenzó a explicar Félix, cambiando de tema.

–¿Qué quieres que imagine? –Preguntó ella.

–Lo diferente que debía ser esa franja negra que tenemos ante nuestros ojos. Que imagines toda la ciudad oscura y el cielo lleno de estrellas. Las mismas que tenemos ante nuestros ojos y que ahora no podemos ver.

–Es cierto. Debía ser impresionante. Jamás había pensado en ello.

–Porque se cumple nuestro rol de género: Yo, como hombre, me dedico a lo que tiene importancia y tú, como mujer, a lo importante.

–¿Esta frase es tuya?

–No, que más quisiera. Yo me defiendo con la guitarra. Para verbalizar acudo a los que saben más que yo. Esta frase esa sacada de una canción de Alberto Pérez que se llama “Nos ocupamos del mar”

Le pidió que se la cantara y se la cantó. Flojito, con la voz desnuda y mirándola a los ojos. Antes de terminarla un beso marcó el comienzo de lo que vendría después.

Desde ese después hasta el ahora en el que se encontraba fueron los años más felices de toda su vida. En ese largo lapso vivieron todo lo que refuerza o separa a dos personas que no se juran amor porque se aman.

Hasta hoy, el día en el que debía dejar sobre la mesa lo que hubiera deseado que no sucediera. ¿Realmente debía contárselo o, por el contrario, debía mantener su secreto durante más tiempo? Sentía como la decisión de primera hora de la mañana se le escapaba como la arena seca de las manos. Si hablaba con ella, una parte importante de sus vidas se desmoronaría llevándose, tal vez, todo lo demás. Si se callaba, el problema se haría cada vez más evidente. Cabía además la posibilidad de que Judit llamara por teléfono y ella se enterara de todo por la otra. La razón le dictaba que no debía posponerlo por más tiempo.

Tras unos instantes de silencio el tremolo de “Recuerdos de la Alhambra” llenó de nuevo la sala de belleza. La versión no era suya, él no interpretaba a Tárrega. No porque no fuera de su agrado y no deseara incluirlo en el repertorio, en absoluto, la razón era más mundana: jamás fue capaz de enfrentarse a su obra. No así ella. Para su novia entonces, interpretar a Tárrega no entrañaba dificultad alguna. Sus dedos eran capaces de extraer las notas de cada partitura con total sencillez, no importaba la dificultad técnica de la pieza, en sus manos se hacía sencilla y asequible y la expresividad más absoluta salía por la roseta llegando al oyente con una belleza perfecta. El día que se enamoró realmente de ella, eso se lo dijo tiempo después, fue la vez que la escuchó interpretar esos “Recuerdos de la Alhambra” que ahora terminaban.

De nuevo el silencio le devolvió a la realidad y a su lucha interior. El tiempo pasaba y el sol, entrando hasta la mitad del salón, indicaba que ya era mediodía. Se levantó para cambiar el CD. Buscaba alguna música que no le remitiera inexorablemente a ella pero todas y cada una de las carátulas llevaban impresa alguna fotografía del pasado de ambos. Desde la música antigua hasta las obras más vanguardistas todas contenían algún momento común. “Es inevitable si ambos hemos vivido por y para la música” pensó. A pesar de ello su mano y su mirada se esmeraban en encontrar algo no compartido. Por fin apareció un álbum de música sufí que solo él conocía, era una copia que le había hecho Judit en su último encuentro. “Si consigues entrar en este sonido podrá ayudarte bastante” le había dicho, como si a él, un músico profesional no le ayudara bastante cualquier otra música. Lo volvió a esconder entre todos los demás y se decidió al final por el adagio para cuerdas de Samuel Barber. A pesar de que era consciente de lo erróneo de su elección, en ese momento lo prefería a cualquier otra cosa. Lo cargó en el reproductor y volvió a sentarse.

Como era de esperar el sonido calmo y melancólico de la obra le devolvió a dos momentos cruciales de su vida: uno de inmensa felicidad, el día que ella le comunicó, con su sonrisa más radiante, que iban a tener un hijo; el otro, la profunda tristeza de la habitación del hospital después de haberlo perdido a causa de un embarazo ectópico, según dijeron los doctores. La operación, las complicaciones, extirparle ambas trompas, la esterilidad. De ese recuerdo, de todos modos, les quedó una profunda unión que tal vez no hubieran tenido de terminar todo bien. Nunca lo sabrían.

Eran elucubraciones, quién sabe lo que hubiera sucedido. Solo sabemos aquello que vivimos. El resto, las conjeturas que podamos hacernos, forman parte de un imaginario perfecto precisamente por eso, por su ausencia de realidad. Los humanos tenemos tanta tendencia a pensar en lo qué podría haber sido que apenas somos conscientes de lo que es. Cabía la posibilidad de que después de contarle, tras la confesión, quedara algo distinto, nuevo más bien, que les uniera de otra forma. Comenzaba a ver claro. Después de tantos días de darle vueltas y huir de lo inevitable comenzaba a entender. Volvió a un pensamiento anterior “la realidad nos alcanza por más que queramos huir de ella”. Y era así, debía contárselo porque era irremediable y el único modo de seguir hacia adelante. Llegaría en breve. No debía pensar en ningún escenario especial, en ninguna música que acompañara la confesión para hacerla más llevadera. Le diría que se sentara junto a él y le explicaría que iban a tener que dejarlo todo. Contarle que últimamente se había estado viendo en secreto con Judit López y que no podía posponer por más tiempo lo que le estaba escondiendo. En unos minutos le pediría que se sentara a su lado para explicarle que los errores en sus últimos conciertos no habían sido un producto de descoordinación o falta de ensayo, la doctora López le había estado haciendo pruebas y el diagnóstico confirmaba las peores sospechas. Era Parkinson. No quedaba más remedio entonces que cancelar todos los conciertos y publicar, en algún medio especializado, la intención de disolver el dúo intentando no dar más explicaciones que las estrictamente necesarias. Hablar con su representante sobre las cláusulas de cancelación para ver el impacto económico que iba a representarles. Deberían hablar de mil cosas antes de hablar de lo que les depararía el futuro. Un futuro que hasta ese momento cruel estaba basado en los conciertos y los ensayos…

Se escuchó el sonido metálico de las llaves en la cerradura, un abrir y un cerrar de la puerta de la calle, un lejano “hola cariño, ya he llegado” y pasados unos segundos a ella apareciendo con una sonrisa. Él la miró con otra sonrisa y le dijo

–Ven, cariño, siéntate a mi lado que tenemos que hablar.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Cuentos, De entre la vida o la muerte, relatos y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s