El medidor de abrazos

Un cronopio se levantó una mañana con una idea: crear un sistema métrico para cuantificar los abrazos ¿Qué cosa podía ser más útil que disponer de un medidor de abrazos? Pensó para sí. 

Es bien sabido que los cronopios, lo mismo que se dejan llevar por la más absoluta desidia, se entregan a una idea con todas las garritas y con todas las ganas si ésta les gusta. Así que, ilusionado, tomó una cinta de medir y empezó a plantearse en cuantas unidades podría graduar los diferentes abrazos que se daban o se recibían de los demás seres de su entorno, él incluido. 

Al cabo de un tiempo de llenar libretitas milimetradas con la valoración de los distintos abrazos, cayó en la cuenta de algo sumamente importante: se le juntaban las unidades de intensidad con las de calidad y las de estilo con las de fuerza. Todo se convertía en algo demasiado complejo para la sencilla cintita blanda en la que había basado la idea original. 

Las mesuras requerían de más unidades puesto que constaban de muchos matices. A saber: un abrazo podía no ser efusivo pero en cambio ser cálido. Otro, sin apretar demasiado fuerte, se podía convertir en el abrazo apasionado que acabara en un volar de sabanas. Otros podían estar cargados de fuerza y en cambio eran vacíos porque quien te los daba era tan falso como el contacto que ofrecía. 

Así las cosas, y sin caer en auto lamentaciones, decidió tirar la cinta tan bien marcada que había hecho con esfuerzo y reducirlo todo a tres tipos de abrazo: El falso, el sincero y el apasionado. 

Hecho esto, volvió a caer en la cuenta de que tanto el sincero como el apasionado podían confundirse, dado que en ambos privaba no tan solo la presión de los brazos sino el movimiento acariciador de estos en la espalda del otro. La realidad final era más sencilla que todo lo previsto y le condujo a un pensamiento claro y simple que redujo a una única ley: “Solo existen dos abrazos. El que se da porque no es evitable (sea por la razón que fuere), y el que se ofrece revestido de entrega y de cariño”. 

Tomó su libretita y se puso a escribir sus deducciones con letrita pulcra: 


Deducida la ley de los abrazos podemos determinar que ambos tienen dos cosas en común: no dependen ni de la fuerza ni del contacto. Dependen de la sensación que cada abrazado le transmita al otro. A partir de ahí ya residen las divergencias. 

El abrazo forzado, contiene una alta dosis de lejanía por mucho que los dos cuerpos estén en contacto. En él, todo movimiento está anquilosado y se efectúa de modo mecánico y frío. Y tarda en terminar o se apresura uno en que termine, porque la urgencia esta instalada entre los dos cuerpos. 

En el abrazo de amistad, de amor en suma, desaparece el tiempo. Se cierran los ojos y se mira al abrazado con los otros sentidos. Lleva en él la calidez. Y la manera de mover brazos y manos en la espalda del abrazado, no persiguen tanto el contacto con el cuerpo del otro sino el contacto con el otro, pues lo que se ofrece no es tanto la piel de uno como uno mismo, en un breve intento de fundirse en el otro, de decirle “Yo soy quien se da y quien desea recibirte”. 


Cuando hubo terminado, el cronopio, cansado pero feliz, bajó a la calle a efectuar un ensayo de campo. Es así que andaba por la calle pidiendo y ofreciendo abrazos a todos cuantos se cruzaban en su camino consiguiendo lo siguiente. 

Las esperanzas huían despavoridas, pues su primer pensamiento era lascivo, pecaminoso, y como tal debía ser evitado y filtrado moralmente por confesor cualificado. 

De los famas pudo encontrarse con los que se ofendían pues –no se irá usted a pensar que uno va dando abrazos a cualquiera sin haber sido presentados– o –vaya a saber a quien habrá abrazado antes– . Otros en cambio, pillados por sorpresa, ofrecían un abrazo mueca, un pseudo contacto casi lejano del que huían a paso rápido –pues es que he quedado con mis primos que vienen de la capital–. 

De los cronopios halló lo predecible: unos iban despistados mirando las nubes y no se percibían de sus bracitos abiertos, otros le besaban en la nariz y le contaban que estaba muy lindo con su disfraz de espantapájaros; el resto, unos pocos es verdad, abrían también sus bracitos y se entregaban al abrazo con todas las ganas y así, mientras se iluminaba el verde de su pelaje por la alegría, se decían –Y yo que pensaba que era el único al que le gustaba abrazar a la gente que me gusta–. 

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